No es lo que duele sino lo que arde

Vuela más de tres metros y al llegar a la velocidad cero, en esa milésima de segundo, mira hacia abajo y ve la representación de la muerte. Cuando pensábamos que su sufrimiento llegaría a su fin, la muerte lo embiste nuevamente y lo levanta más alto. Aquel hombre que parecía un muñeco de trapo finalmente cayó al suelo, el golpe estremeció la corraleja y sus compañeros corrieron para distraer al inmenso animal con las mantas. El torero se levantó y empezó a correr, y al verse muy lejos de su verdugo el hombre empezó a reírse mientras levantaba las manos como símbolo de “victoria”. El público emocionado lo aplaudió, pero de repente aquel torero quedó pasmado, sintió un leve dolor cuando su adrenalina producto de aquel susto había mermado, enseguida miró hacia abajo y se vio la sangre que le corría por su entre pierna.

“El cacho, el cacho no es lo que duele sino lo que arde”. Fue la frase célebre que en ese momento dijo el filósofo Cesarito Padilla, mi papá.
– Mira ese tipo, por pendejo se le enfrentó al toro creyéndose el más machito. Pero el toro le salió más vivo y cuando se descuidó, ¡pum! Lo puyó. Así también pasa en el amor, por eso no hay que confiarse.
– (Risas) papi, no lo puedo creer, me acabas de dar la idea para un nuevo artículo.
– (Risas) seguro, seguro chica. Ajá yo cuando estaba pelao pasé por eso. Uno ve a la novia con otro y al principio te duele, sientes un dolor en el pecho cómo si te enterraran un cacho. Pero después quedas ardido y cada vez que te acuerdas de ese cacho te arde por dentro.

Una avalancha de personas se acercaron al «Cachoneado» y lo llevaron cargando hasta la zona de curación. La verdad pensamos que era una herida leve, pues habíamos visto que aquel hombre había corrido después de haber sido corneado. Desde nuestra excelente ubicación, mi papá y yo podíamos ver la carpa donde atendían a los heridos, me impresionó el morbo de la gente, sin mentirles había más de cincuenta personas alrededor del médico y el herido, era tanta la multitud que a la policía le tocó apartarlos con bolillos. Al finalizar la tarde, nos llegó la noticia que le habían cogido treinta puntos y que por poco aquel torero se hubiera quedado sin su órgano reproductor masculino.

Meter cachos lo comparo con ir a Crepes & Waffles y pedir tu plato fuerte y tu postre preferido. El mío es *Caprino y *Capricio de maracuyá. Llega un momento que aunque esa comida te fascina, un diablito te empieza a susurrar al oído que pruebes otra cosa. Y puede que el nuevo plato sea mejor, o simplemente te arrepientas porque este nuevo bocado que probaste no llenó tus expectativas, entonces te acuerde del dicho: “Mejor malo conocido qué bueno por conocer”.
-Ya vas a hablar, yo no soy ninguna cachona, estoy haciendo una comparación – Así respondería yo a tu acusación, porque estudios psicológicos afirman que la infidelidad es un comportamiento aprendido desde la familia; los que vieron a sus papás siendo infieles, podrían seguirle los pasos. Entonces no tengo a quien salir cachona, mi mamá no puede estar más enamorada de mi papá, y a él, hasta ahora nadie lo ha metido en cuentos. Aunque uno no sabe, casos se han visto.

René Martínez un colombiano originario de Tolú, descubrió que «El cacho» podía generar empleo y desarrollo en toda la región. Por eso fundo la exitosa e innovadora empresa llamada Las Vaquitas Ltda. Donde exporta cuernos de vaca como artículos de lujo a norteamericanos y europeos amantes de la cacería. Aunque otro grupo de profesionales también se ganan la vida a costa de «El cacho»; como por ejemplo los abogados, las prepagos, los detectives privados, los dueños de moteles, y las fabricas de pañuelos, pastillas de Valeriana y de Viagra.

Te advierto de que si vives en Colombia tienes más posibilidades de conocer el sabor que tiene «El cacho». Porque según el portal http://www.ashelymadison.com, la “red de infieles” más grande del mundo, Colombia es el país más infiel de Latinoamérica, seguido de Chile. He escuchado historias de vidas de personas que han sufrido el ardor que causa una infidelidad y estas dicen que “a quien no lo han cachoneado es un ser humano indefenso”. Ese dolor hay que sentirlo y mejor que sea cuando estás joven, porque uno aprende con los errores. La infidelidad hay que vivirla para que tu corazón se haga más fuerte.

Al ser cachoneado te hieren en el orgullo, sietes dolor y frustración, y esas sensaciones no le dan tiempo a la mente para analizar la mejor salida a esa situación, sino que actúas de forma inmediata y muchas veces violenta. Y hacer eso es peor, porque te rebajas y pierdes la dignidad frente a tu examor. Así que presten atención a la historia que contaré, donde se puso a prueba a un hombre infiel, y así cuando te enfrentes con un affaire de tu compañero sentimental sepas como reaccionar y mandarlo para la mier… Recuerda que es mejor estar solo que vivir engañado.

«Santa Cachona» había tenido una discusión con su novio «Elver Gonzalez», porque lo sentía distante. Luego él le dijo que estaba confundido, que sería bueno darse un tiempo, pero que todavía la amaba. «Santa Cachona» con cierta incredulidad accedió y se separaron. Unas semanas después a ella la invitaron a un cumpleaños en una disco, pero antes que alcanzaran a entrar, una amiga le avisó de que adentro estaba «Elver Gonzalez» bailando y basándose con una tal «Deborah Meltrozo».
«Santa Cachona» quedó perpleja, su mundo se le desplomo, sintió que le faltaba el aire, que su corazón le palpitaba a mil por segundo, que la sangre le hervía, estuvo a punto de ir a enfrentarlos y hacer un show. Pero su amiga «Salvadora» la detuvo y le dijo que se calmara.

«Santa Cachona» se sentó y pensó que si hacía un escándalo lo único que iba a conseguir era rebajarse y subirle el ego a «Elver Gonzalez» por haber hecho aquella hazaña. Por eso se le ocurrió darle un un golpe bajo y pegarle en todo el orgullo. Le dijo a «El despampanante» amigo que estaba enamorando a «Salvadora» que fingiera que estaba con ella, y que cuando bailaran le hablara al oído, que ella se encargaría de reírse. Obviamente «Salvadora» apoyó aquel plan.

Las puertas de la disco se abrieron, riendo a carcajadas «Santa Cachona» entró agarrada de la mano de «El despampanante». Y vio cómo aquel hombre que le había pedido un “tiempo” estaba jugando a ser dentista con otra mujer. «ElverGonzalez» quedó pasmado, su cara parecía un papel higiénico, lo digo por lo blanca que la tenía. Pero aunque a «Santa Cachona» le temblaban las piernas, le dolía el pecho y le ardía el orgullo, no dejo de sonreír. Lo miró, vio de arriba abajo a la tal «Deborah Meltrozo» y soltó una risita burlona, mientras seguía caminando agarrada de la mano de su supuesto acompañante.

Me encanta eso de pagar con la misma moneda, eso de poner la “otra mejilla” no va conmigo. Pienso que cuando tu novio te dice: “Mejor que nos demos un tiempo” hay que mandarlo a la porra. Obviamente te va a dar duro, pero el dolor lo tienes que llevar por dentro, no se lo demuestres. Respóndele fríamente demostrándole que no te afecta el hecho de que él se aleje. Eso de “tiempo” es sinónimo de que quiere estar con otra persona, ¡Punto!

Casualmente un grupo de amigos estaban en el mejor sitio de la disco, el VIP. Así que todo el mundo podía ver lo que «Santa Cachona» hacía. Ella empezó a bailar con «El Despanpanante», y este hombre lo hacía magistralmente, tanto que en un momento se le olvidó en la situación tan incómoda en la que estaba. Unos tragos la ayudaron a relajarse y a nunca mirar a su ex. Pues de eso se encargaría la «Salvadora» que le pasaba la información cuando iban al baño.
– No te deja de mirar, ósea el man está atónito. No disimula y la «Deborah Meltrozo» cómo que sabe quién eres, porque te señala y le manotea a él.
– Me estoy muriendo por dentro, yo no se dé donde saco fuerzas. Quiero llorar pero la adrenalina que siento al saber que ellos están ahí me mantiene firme y con la cabeza en alto.
– Así se habla «Santa Cachona», me encanta que tengas esa actitud, él es quien se lo pierde- le aconsejaba «Salvadora» – Imagínate que fui al baño y «Elver Gonzalez» me siguió. Era un mar de lágrimas, llorando me preguntaba que desde cuando tú estabas con alguien. Y me dijo: “Si ella es feliz, yo también lo soy”. Y yo le dije que era un descarado, que eso le pasaba por andar jugando con candela.

Tan grande fue la presión y la ignorada que sintió «Elver Gonzalez» que se tuvo que ir del lugar. Y «Santa Cachona» volvió a saber de él al día siguiente. Él la buscó para que lo perdonara. A lo que ella le respondió.
– Eso era lo que querías tú, me dijiste que necesitabas un “tiempo”. Pero claro no puedes soportar verme con alguien.
– Vuelve conmigo por favor, eres la mujer de mi vida, te amo – decía mientras soltaba unas lágrimas de cocodrilo.
– No me interesa ser el plato de segunda mesa. Claro cómo ya te descubrí sientes que le cayó sal a tu postre. Adiós. – le dijo «Ex-Santa Cachona» mientras le colgada.

La herida que te deja «El cacho» duele, y mucho,es un enemigo silencioso, y no puedes hacer nada para controlarlo. A veces te desespera, pero poco a poco te vas acostumbrando a vivir con eso. Porque como dice una canción vallenata: “a veces quedan doliendo heridas que están cerradas, y aunque estén cicatrizadas, por dentro siguen ardiendo”. El «Cacho» es difícil superar, pero también el “tiempo” cura cualquier herida.

La vida es una rueda y nunca sabes cuándo va a dar la vuelta. Poco tiempo después a «Ex-Santa Cachona» le dijeron que «Deborah Meltrozo» era una mujer de “cascos ligeros” y que al tiempo que estaba con «Elver Gonzalez» era amante hace muchos años de un empresario del automovilismo. A veces el dulce sabor de la venganza es necesario, porque el karma existe y tarde o temprano lo que tú hagas se te va a devolver. Sé honesto con la persona con quien compartiste buenos momentos, enfréntala y dile que ya no sientes lo mismo por ella. Un consejo para las que les han puesto los cuernos; si ya no te quieren, aprende a perder y retírate dignamente. El verdadero amor algún día te llegará, y dale gracias a Dios que te diste cuenta a tiempo de la clase de persona que tenías al lado. Y recuerda que NADIE SE MUERE DE AMOR.

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