Mi primera vez

Todo había sido planeado con meses de anticipación. Al principio siempre lo postergaba, pues el pánico me controlaba, con sólo imaginarme el dolor que iba a sentir me temblaban las piernas. Un día decía: “esta semana es”, pero cuando se iba acercando el momento cambiaba la cita. Hasta que llegó el día que tanto temía, me dijo que era ya, o ya. La verdad era que mi cuerpo lo estaba necesitando, y yo quería concluir el encuentro enseguida sin prorrogar más el inminente dolor.

Se abrió la puerta del ascensor, su mano agarraba la mía fuertemente, como queriéndome decir: “de esta no te escapas”. Yo caminaba lento, para ganar unos segundos antes de llegar a ese cuarto oscuro que estaba en el fondo del pasillo. Tragué saliva, entre más nos acercábamos el corazón me latía como queriéndose salir de la caja torácica y, de repente, se abrió la puerta de par en par. Entramos y vi la cama, un poco pequeña para mi gusto, pero con el susto que tenía pasé por alto ese y muchos otros detalles de la decoración de ese particular recinto.

“Respira profundo. Tranquila que te lo haré muy suave para que no te duela”, me dijo. Sus palabras me calmaron. La mano me guió hasta la cama, me quité los zapatos y dejé que él hiciera todo el trabajo. Miré hacia el techo y vi el espejo, pero la luz me enceguecía, así que cerré los ojos, pero al sentir que él se acercaba a mi boca, los abrí de inmediato y detallé que había sacado el aparato del que tanto hablaban mis amigas y del que tanto temía, y se paró… mi corazón cuando vi como se movía.

Al momento en que lo iba a introducir pegué un grito, “¡No, espérate!”, pero mi mamá sin soltarme la mano me dijo: “Caro, tranquila mamita, es solo una carie chiquita”. Asentí con la cabeza y el odontólogo procedió a introducirme en la boca la llamada “fresa”, que de dulce no tiene nada, es una de las cosas más amargas y horrorosas que he vivido, odio ir al odontólogo, por eso le doy gracias a Dios por darme unos dientes que no tuvieron necesidad de Brackets.

No los juzgo por lo que pudieron haber pensado al inicio de éste artículo, de hecho hice una prueba y de las diez personas a las que les hice la pregunta: ¿Cómo fue tu primera vez? Nueve respondieron pensando en su primera vez sexual, sólo un hombre que por ser bien “burro”, pensó que me refería a la primera vez que se había fumado un porro de marihuana. Ah, y antes que nada confieso que mi primera vez no fue traumática, al contrario, fue romántica, con unos cuantas torpezas, pero romántica. Ándale mentira, verdad que yo soy pura y casta, todavía no he perdido mi virginidad, porque como dicen las matronas de mi familia, tengo que esperar hasta el matrimonio.

Tertulia: dícese de las reuniones entre amigas, donde siempre, siempre, por cualquier lado se tiene que colar un tema sexual. En esta ocasión la pregunta de la noche fue la que hice en el párrafo anterior. Con tres botellas de vino encima empezamos a relatar nuestra «Primera Vez». Algunos fueron tan normales que no vale la pena contarlos, de hecho se lo recalcamos a su protagonista diciéndole: “que vaina aburrida”. Pero otro, el tercero, no dejó que los demás siguieran con sus historias, pues terminamos en el piso ahogadas por las carcajadas, las mismas que de pronto les sacará a ustedes.

«LaOso»: ella es la típica mujer sentimental, que en el léxico costeño se le define con la hueva. Llora por todo y es demasiado tolerante. Duró con un novio un año, y al pobre lo dejó con la pistola cargada porque terminaron su relación y ella no se lo alcanzó a “dar”. Dijo que en esa época eran muy niños, y que hoy en día son buenos amigos, tanto que es la hora y él le dice: “la calentadora”. Cinco meses después conocería a «Pacho», pero esté no era tan paciente, él no aguantaría ni tres meses de espera.

«Pacho» desde el principio había jugado al pulpo Paul con ella. Tentá-culo por aquí, tentá-culo por allá. Pero en uno de sus juegos frenó en seco y le dijo sin ninguna compasión: “me gustaría que la tuvieras como la nalguita de bebe”. «LaOso» de inmediato entendió el mensaje, y al día siguiente le dijo a su mejor amiga que la acompañara al museo de cera de Madame Tussauds. La metieron en el cuarto y empezó la masacre. Con cada jalón que le metía Madame, «LaOso» le gritaba recordándole que era una hija de tuta, y que además la habían parido mal. Fue tanto el escándalo que esa mujer hacía, que su mejor amiga tuvo que cachetearla para que se controlara. En fin, «LaOso» duró días adolorida untándose un ungüento para la irritación.

Hasta que por fin llegó el tan esperado día, «Pacho» la llamó y dijo que la iba a invitar a un lugar. Ella obedeció y se arregló, se puso el traje de luces y agarró la capota, pues presentía que ese día habría una faena. Y lo confirmó cuando en medio de la carretera vio un letrero que decía: “Bienvenidos al Faro”.

-Aww que tierno y romántico que para tu «Primera vez» tu novio te lleve a un motel- le dijimos en tono sarcástico.
-Yo lo entendía porque no vivía en la ciudad, ni modo que lo hiciéramos en mi casa- dijo «LaOso».
– Deja de justificarlo, mínimo te hubiera llevado a un hotel mija, que man tan líchigo – soltamos la carcajada.

Tenía 19 años, y nos juró que nunca en su vida había visto el órgano reproductor masculino, aunque ya «Pacho» había jugado al pulpo con ella, nunca se lo había mostrado. Y cuando él se la sacó, a «LaOso» le empezó a dar un tic en el ojo, le temblaban las piernas y se le salió el lagrimón al ver el cosón de su novio. Estaba llorando desconsolada por la presión de estar a punto de vivir uno de los momentos más importantes de su vida. Obviamente al pobre «Pacho» después de ver esa escena, se le volvió a dormir. Duraron unos minutos en eso, hasta que «LaOso» dijo: “discúlpame, ya, ya, hagámoslo”.

Y Empezó la faena, o mejor dicho: la faenita, porque dedujimos del relato de nuestra amiga que «Pacho» era malo en la cama por la poca duración del coito. Aunque para ese entonces «LaOso» por su falta experiencia no podía haber sacado esa conclusión. Cuando ella vio que «Pacho» terminó y se acostó, «LaOso» entró en llanto.

– Y ahora ¿que pasó? – le decía «Pacho» medio dormido.
Llanto a moco tendido.
-¿Tú me amas verdad? ¿Tú sabes que esto lo hice porque te amo cierto gordi?- profirió entre sollozos «LaOso».
– Claro que lo sé amor, yo también te amo, ahora vamos a dormir un ratico y… chiquito, que digo un ratico chiquito.

Ésta tragicomedia duró tres años de relación, luego él la dejó, ella le lloró, él regresó, él se marchó, ella lo superó, y él se casó… con otra. Así es la vida, en un futuro siempre nos vamos a reír de lo que un día nos hizo llorar. La conclusión que todas sacamos fue que nuestro primer encuentro sexual lo hicimos en una edad ideal, donde estábamos completamente seguras de hacerlo con el correcto y sin presiones, les puede parecer mentira pero una de nosotras esperó hasta los veintidós años. Por eso criticamos a las niñas de hoy en día, que creen que «La primera vez» tiene que ser en la misma fecha que «La primera comunión».

Hoy en día se pierden más virginidades, por curiosidad que por amor. No lo hagan, quiéranse un poquito y no dejen que los novios las obliguen a hacer cosas si ustedes no están preparadas, y tampoco lo hagan con cualquiera, escojan bien. Además protéjanse, porque las jóvenes están para sentir maripositas en el estómago, no las pataditas de un bebé. Con todos los cuentos que he escuchado, decidí ir a una metalmecánica desde ya para que le hagan un cinturón de castidad a mis futuras hijas. ¡Qué horror! Oye tú, pelaita culicagada, ves a jugar con las Barbies. Es que seguramente con las niñitas de estos tiempos que son unas desadaptadas, no se extrañen que pronto hagan una huelga en desacuerdo con Jack Ryan por haber creado a Ken, el inseparable amor de Barbie, sin pipí. Esta anciana de 24 años te da un consejo, sí tu noviecito te pide la famosa “pruebita de amor”, mándale con un domicilio a New Manuela, la muñeca inflable que ya sacó al mercado Fisher Price.

 

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