Carolina

– ¿De cuando acá tan romántica?

– ¿Romántica? Desde siempre, solo que no siempre.

No siempre porque el romanticismo constante empalaga. Cada cosa tiene su momento, porque la vida, la vida está llena de eso, de momentos. Unos se pasan con un trago de llanto, y otros, con un trago de canto.

Sin el amor, que es el único culpable del romanticismo, no habría música, ni libros, ni dinero. Los cantantes lo necesitan para componer memorables canciones, los escritores para escribir los poemas más inspiradores, y los vendedores para comercializar nuestros corazones.

Sin el amor no habría nada, nada porque simplemente sin amor el hombre no habría nacido.

Recuerdo cuando estaba en el paraíso, allá me llamaba Eva y él se llamaba Adán. Caminábamos desnudos agarrados de la mano, disfrutando las praderas, respirando aire puro, rodeados de animales y naturaleza.

Pero un día mordí y degusté el sabor de la manzana. Mis ojos se cansaron de ver el mundo que me rodeaba y me enfoqué en él, en Adán. Lo miré de arriba a abajo y así lentamente el deseo empezó a crecer en mí.

Él, al sentirse deseado, también me miró, se antojó, me tocó, nos tocamos, y así, con los turpiales cantando de fondo, acostados en una cama de flores, nuestros cuerpos bailaron y se fundieron en uno solo.

Yo, yo fui la culpable de todo esto llamado humanidad. Lo acepto, fue mi culpa, mi gran culpa. Pero quiero que sepan que no me arrepiento, no me arrepiento ahora ni me arrepentiré nunca, porque aunque en este mundo que creé hay tristezas, dolor y llanto, también hay alegrías, amor y canto.

– ¿Tú te arrepientes?

– ¿Yo?

– Sí tú. Tú también eres Eva. Por eso voltea y mira a tu Adán, a tu amado Adán, y pregúntate si te arrepientes de haberlo amado, si te arrepientes de haberlo deseado, si te arrepientes de haber abandonado por él, el paraíso.

– No. No me arrepiento. Por él yo lo hubiera hecho una y otra vez.

– ¿Y tú Adán, te arrepientes?

– No, yo si me arrepiento. Me arrepiento bastante. Me arrepiento pero de no haberla amado antes. Me arrepiento de haber sido un tondo y no haberme dado cuenta de que a su lado nunca perdería el paraíso, nunca lo perdería ni lo perderé, porque cada vez que me fundo en ella, vuelvo a estar en el paraíso otra vez.

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