Mala alumna

Nunca fui buena estudiante, yo era regular, regularmente mala. Aún no entiendo cómo nunca perdí un año, no entiendo cómo al final, siempre pasaba. Mi mamá me decía que yo era inteligente para unas cosas y para otras no, entre las cosas para las que no, estaban los números, es la hora y no sé lo que es resolver un problema de Baldor sin un machete escrito en el borrador. Por eso con respecto a las invenciones del hombre, yo grito a los cuatro vientos: “Larga vida a la calculadora”.

La única materia que lograba aprobar siempre eran Español, quizás porque siempre me ha gustado mucho la lectura, y porque según la profesora mis ensayos tenían cierto rigor profesional. También era buena en Historia, en Química, y en Música, era la cantante del grupo musical del colegio, ah y también en Filosofía, pero porque la profesora estaba encantada con que mi hermana y yo fuéramos pelirrojas, me lo recordaba todo el tiempo en el salón y decía a voz populi que parecíamos españolas… Como ella.

Todos los días, la sapa del curso, a esa que escogen para apuntar las travesuras de las alumnas en el libro de disciplina, ponía mi nombre en aquel libro verde.

-Que Carolina le tiró papelitos con un pitillo a Fulanita y casi le saca un ojo.
– Que le amarró los cordones a Sultaneja a la silla y cuando se levantó se fue de boca.
– Que se montó en la mesa del profesor fomentando el desorden con la caneca de la basura boca abajo en forma de tambor.
– Que por quinta vez se volvió a montar en el pupitre con una guacharaca hecha con los aros del cuaderno y el tenedor de la merienda de Juanchita y Sor Mireya la pilló en pleno acto.
– Que peleó con Perenceja y le dijo que su inodoro debía ser de grandes proporciones para aguantar semejante culo pesado.

Y …Etcétera, etcétera etcétera.

Pero por cosas de la vida, el que revisaba ese libro me amaba. Pablito, el Coordinador de Disciplina del colegio, fue también mi profesor de Ortografía y de Historia. Aunque poco se me note ahora, yo era tímida en público, tenía el llamado pánico escénico, pero un día me armé de valor e hice una exposición magistral. Pablito que me escuchaba exponer para su clase me felicitó en frente de todos, y finalmente me amó mucho más cuando protagonicé una obra teatral que hizo reír a todo el colegio reunido en el coliseo. Desde ese día, cada vez que me veía me decía con su acento madrileño que lo había hecho reír a carcajadas.

En el grado décimo me fue pésimo, porque adicional a mi flojera de estudiar se cruzó por mi camino el “amor”. A esa edad solo pensaba en aquel joven que llegaba a recoger a su hermana con un labrador de copiloto. Era universitario (suspiro), y a las colegialas siempre las vuelven locas los universitarios. Como una tonta me quedaba esperando en la esquina hasta que él pasara en su carro. Por culpa del trancón le tocaba ir a paso de tortuga, así yo lo podía seguir con la mirada lentamente, paso a paso. Luego, en una fiesta… lo conocí. Ese año perdí una materia imperdible, ni me acuerdo por qué fue, pero perdí Educación Física. Pero de lo que sí me acuerdo fue lo que me dijo la profesora el siguiente año cuando me vio otra vez pasándome por el forro su clase de gimnasia. “Mira Carolina, si hubiera estado en mis manos no hubieras pasado el año, en la reunión de profesores voté porque lo perdieras”. Me reí, le dije que gracias a Dios era más la gente que me quería, que la que no. De todos ni monedita de oro que fuera Profe.

En la universidad, las cosas cambiaron un poco. Tampoco estudiaba mucho, pero nunca perdí una materia inherente a la carrera y mi promedio era relativamente bueno. La única materia que perdí, obviamente era una electiva obligatoria que estaba llena de números: Estadística. Estudié Comunicación Social y Periodismo, y por obvias razones me iba muy bien en Redacción Periodística, pero hasta ahí, nunca me gradué con honores en nada, aunque pareciera, porque siempre, SIEMPRE que he recibido un diploma, mis amigos arman su escándalo y empiezan gritar y a aplaudir cómo si me hubiese ganado el baloto.

Salí de la universidad desubicada, sin saber qué hacer. Hace días ratifiqué lo que ya sabía desde niña, soy buena para tratar con la gente, por ende, para las ventas. Esta semana me salí de la oficina y me puse la camiseta de asesora, vendí en tres días, sin exagerar, 13 veces más que un asesor promedio, lo hice para que en la reunión que tendré con ellos, demostrarles qué no hay excusa válida, porque si yo puedo vender tanto, no entiendo por qué ellos no. Tengo esa facilidad en las ventas, muy pocos la tienen, así que tenerla te hace un tanto especial. Pero pa’ eso no se estudia, uno nace con ese chip y la práctica hace al maestro.

Pero de todo lo que he hecho en estos años, la única vez que sentí cómo si me hubieran condecorado, como si me hubieran colgado una medalla al mérito estudiantil, fue hace tres años. Lo más difícil que he hecho en mi vida, lo más disciplinado, donde más han trabajado mis neuronas, fueron los meses en los que pasé escribiendo “La fuente de la Fortuna”, mi primera novela. Luego de haberla terminado, la primera persona que la leyó fue mi abuela, me corrigió algunos errores ortográficos y fui corriendo a hacerle una edición casera. Al día siguiente llamé a la Universidad y pregunté por el profesor de Periodismo. Le recordé mi nombre, se acordó de mí, le dije corriendo que había escrito una novela y que por mi cabeza solo había pasado su nombre como una referencia ya que no conocía a nadie del mundo literario. Le dije que quería que la leyera. Me dijo que claro, que pasara mañana en la tarde.

Y confundí en la tarde con llega tarde. Como siempre, a una vaina tan importante llegué tarde, yo creo que el día que me case el novio debe agarrar mi reloj la noche anterior y atrasarlo dos horas, ponerle mil alarmas al celular y una guardiana del tiempo a mi lado. Porque como dicen por ahí, las mejores cosas de la vida, toman tiempo. Le entregué el libro sin mucho más que decirle, me fui a mi casa y esperé, y esperé, y esperé. Pasaron tres meses hasta que recibí un mensaje:

– Caro, apenas ahora he comenzado a leer tu libro. Te cuento que no puedo parar, estoy extasiado.

(Se me detuvo el corazón, por fin tenía un comentario de alguien con criterio de peso diciéndome que estaba enganchado leyendo los garabatos que escribí).

– OMG! ¿En serio? no lo puedo creer. (Emoticones de confeti y la muñequita bailando).

– Créelo, en verdad estoy fascinado. Espero terminarla mañana. Nos vemos en la universidad a las 12 para tomarnos un café.

Esa vez llegué una hora antes, me invitó a almorzar y duramos un largo rato hablando. Hubiera pagado lo que fuera por haber tenido una grabadora ese día y escribir textualmente lo que me decía. El pecho se me infló de orgullo, desmenuzó mi obra y me expresó apreciaciones de fondo literario que ni yo misma noté mientras escribí dichos párrafos.  Me recitó frases de memoria, sacó el libro y mientras lo hojeaba lo vi todo subrayado, me dijo que estaba gratamente sorprendido, y que se sentía muy orgulloso de que hubiera sido profesor mío. A mí de vaina no se me salieron las lágrimas. Remató dándome un abrazo y me dio una píldora muy motivadora. “Caro te has convertido en una de mis escritoras preferidas por la frescura con la que narras”.

Fui mala alumna, pero ese día me sentí muy inteligente.

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2 thoughts on “Mala alumna

  1. Son pocos esos momentos mágicos donde el esfuerzo deviene en gloria. Un poco porque no es fácil que baje la musa y nos encuentra trabajando. Otro poco porque la magia de hacer algo que nos conmueva el alma no siempre es la misma que hace conmover a los demás.

    PD:felicitaciones !!.
    Muy bueno el programa.

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