Confunde y reinarás 4

https://lunaticaro.wordpress.com/2015/05/26/confunde-y-reinaras-3/

Sus músculos se contraían una y otra vez, su respiración aumentaba la velocidad, sus manos no podían agarrarse de ningún objeto sólido por tenerlas contraídas en la sábanas,  y su corazón palpitaba a millón mientras un nudo en la garganta producto de la excitación no dejaba que pronunciara palabra alguna, solo gemidos interminables que se mezclaban con el susurro del mar. Adelaida estaba absorta en una sensación de frenesí por la tormenta que esa noche la invadió. Su barco se estaba inundando en cada rincón, y él disfrutaba viendo ese espectáculo sensual y ese fuego volcánico en su mirar.

La proa del barco se había convertido hasta ese momento, en la protagonista de todos sus encuentros. Ella iba al alba y al atardecer para sumergirse en la inmensidad del mar y deleitar la exorbitante belleza del casco de barco romper con ímpetu las olas al avanzar. y èl, al contrario, iba a la proa a observarla en silencio, en la lejanía, porque primero, no encontraba que palabras utilizar para conversar, y segundo, quería darle tiempo a su silencio y degustar la sensación del enamoramiento a distancia que solo hasta ahora está viviendo.

Luego unos días de tontos coqueteos, él quiso ir más a fondo. El valor para hablarle, lo encontró en lo más profundo de sus entrañas y por fin, en una tarde un tanto nublada Pedro la abordó, pero lo hizo con un sutil galanteo que hasta a él mismo le causó extrañeza, parecía un niño temeroso, no entendía donde había dejado a aquel tipo embaucador y directo que lo había acompañado en su viaje por el mundo durante tantos años. Aquel hombre que dejó enterrado mucho tiempo atrás, cuando una mujer sin contemplación le rompió en mil pedazos el corazón y le causó una decepción que lo convirtió en un hombre frío, sin sentimientos y sin un ápice de remordimiento.

“¿Qué me pasa? Parezco un tonto- Pensaba él- Como se me ocurrió decirle algo tan cursi, qué va a pensar ella, se va a reír de mí, eso es muy anticuado.

– Nadie nunca me había dicho cosa igual- dijo ella antes que él pronunciara palabra alguna.
Pedro apenado, tenía la cabeza gacha con las mejillas teñidas de rojo, pero al escuchar de Adelaida aquella respuesta positiva, sonrió esperanzado.

Ella no se detuvo a charlar. Se iba, siempre se iba.

El día que se besaron y que la pasión se encendió hasta llevarlos a la cama para completar su idilio de amor, no fue él quien la persiguió hasta la proa, fue ella. Ella estaba decidida a hablar con aquel extraño que  la había cautivado. No lo podía explicar, no encontraba razones por las que Pedro, un hombre no más guapo que los que había conocido en el pasado, ni más interesante pues aún no hablaban más de cuatro palabras, le atraía de una forma abismal. En el momento que lo vio recostado a las barandas húmedas por el rocío del ambiente, le dio temor acerarse, dudó a lo que podía llegar a pasar y giro de inmediato intentando huir de aquello que crecía en su interior, un deseo inexplicable que no pudo saciar ni siquiera, en los repetidos encuentros que tuvieron.

Pedro se percató de su presencia y la alcanzó.

– Hoy no te voy a dejar marchar, a menos que quieras irte- le dijo mientras la agarraba delicadamente sus manos.

No- le dijo ella soltándose de un tirón. Caminó unos pasos y se detuvo frente a una banca- no estaba pensando en marcharme, solo iba a buscar un lugar donde sentarme, o bueno, donde sentarnos.

A Pedro la alegría le transfiguró el rostro. Iba a hablar con ella, iba a tenerla cerca y apreciar sus gestos, deleitarse con su mirada y respirar por fin sin interrupción el aroma que ella dejaba en las ráfagas fugases al pasar. Él no sabía ni su nombre pero ya la amaba. Había vislumbrado en sueños una vida con ella, estaba cansado de ir por el mundo sin rumbo y deseaba en lo más profundo de su ser, tirar anclas.

El viaje desde Europa a las costas de Brasil duró 20 días. Y desde que se sentaron a ver el atardecer, no hubo un solo instante en el que Pedro Y Adelaida no se hubieran amado. Constantemente sus labios se juntaban en una mixtura de sensaciones inexploradas que iban de la sonrisa al deseo, y del deseo al amor. Querían descubrirse hasta el fondo de su corazón, y en cada estación, no podrían vislumbrar su vida el uno sin el otro. Miraban las estrellas en un estado de confianza sin igual, era como si sus mentes se entrelazaran en un sin fin de impulsos positivos que hacían que cada neurona brillara de emoción. Se entendían, se reían, se peleaban, se amaban, se adoraban, se volvían a pelear y, al rato, volvían a sonreír.

Esta historia tuvo un final real, no uno de hadas. Luego de varios años de vivir en austeridad alejados de lujos y pretensiones sociales, se casaron en una pequeña ceremonia privada frente al mar. Dos hijas tuvieron al cabo de unos años, vivieron en varios países hasta que finalmente se radicaron en Toledo. Decir que fueron felices para siempre sonaría cliché, porque para describir la felicidad sobran las palabras, es tan relativa que lo que se exprese como felicidad para mí, no es lo mismo que para ti. Una palabra más real y sin dramatismos es que ellos hasta el momento han vivido con bienestar.  Enamorándose día a día aun sabiendo que afuera hay miles de personas interesantes por conocer, sabiendo que pueden recoger el ancla y seguir navegando para saciar el impulso humano natural de descubrir nuevas experiencias. Sabiendo que nadie se muere por nadie, y que así un día se juren amor eterno, el eterno tenga fecha de caducidad. Sabiendo eso y mucho más se arriesgaron y construyeron día a día la felicidad en tierra firme, donde se pueda edificar la tan anhelada tranquilidad.

La felicidad no es un objetivo, es una constancia.

FIN.

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