Dicihambre llegó

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Llegó, con su comedera morena, y la panza está, está, llenita de ciento e´ pasteles ¡Wepa! (-_-)

Ehhhh lo siento, como que eso de la composición musical no es mi fuerte. Espero conozcan cual es esa canción, para que tan siquiera sepan que no rima, y bueno para los que no la conocen es de Moisés Angulo, el ídolo bailarín de mi niñez, y el que con su música guapachosa hacía que en cualquier evento familiar me pusieran a bailar como él, hasta que crecí y me di cuenta de que ese baile como pateando a todo el mundo era medio patético.

365 días se van muy rápido. Los primero meses pasan lentos pero apenas se acaba el mes de agosto, llegan los super BRE pisando fuerte. Sep, oct, nov y hasta que por fin, se escucha la tambora repicando el nombre del mejor mes del año: diciembre. Él tiene un no sé qué y un no sé dónde que hace que los corazones de las personas se engrandezcan y se llenen de una alegría tal que los hace bailar.

Recapitulemos. En este mes tenemos cuatro días muy especiales: La noche de velitas, LA NAVIDAD, mi cumpleaños y el “faltan 5 pa’ las 12”… Es definitivo, acabo de nombrar las mejores fechas que hay en el calendario.

El siete es el inicio oficial de la época navideña. En el día de las velitas el mundo se llena de luz, hasta dicen que desde el espacio, los astronautas vean a occidente más resplandeciente. En la alborada del ocho decembrino, en familia y con amigos, se encienden faroles en los hogares para dar gracias por las bendiciones que hemos recibido y de ñapa pedir más deseos; en el cielo, acompañando a las estrellas se vislumbran fuegos artificiales; y en la tierra, las chispitas mariposas iluminan las calles de la ciudad. Bueno, y de vez en cuando algún loco tira un tótem en la puerta de tu casa y sale tu abuela gritando despavorida: “¡Ay mi madre una bomba!”, o de pronto puedes ver a la gente corriendo porque otro loco tiró un “busca pies”. Así que hoy invito a esos Grinch a decir: NO a la pólvora.

El 24 se conmemora el nacimiento del rey. En un pesebre de Belen, Dios hecho hombre nace del vientre de la virgen María, mientras los ángeles, los animales de granja, la estrella de David y el mundo entero se postran ante él para anunciar la llegada del salvador. Y qué mejor forma de conmemorar ese día que dejándonos deslumbrar por la ingenuidad de los niños cuando se les dice que El Niño Dios les va a traer un regalo. A ellos al recibir un obsequio, el rostro se les ilumina con luz propia.

Yo le escribía la carta al Niño Dios pero sabía que quien me traía los regalos era “Papanuel”. Es que a mí, como a miles de niños, me atrapaba la fantasiosa historia del personaje rediseñado por Coca Cola que vive en el Polo Norte junto a Mamá Noel y una gran cantidad de Duendes navideños que le ayudan en la fabricación de los trillones de juguetes que tiene que entregar ese día en un trineo volador.

En esa época, yo solía filosofar sobre cómo hacía Papá Noel para llevarle regalos a todos los niños del mundo en una misma noche, además, de cómo carajos hacían esos hijuemadres renos para volar. Ahh y ni hablemos del por qué siempre me quedaba esperando el carro de la Barbie (el que uno podía manejar) todos los años. Siempre lo escribía en la carta con la esperanza de que algún día me lo trajera. De boba, y por la experiencia que me dejó la anécdota que contaré en el siguiente párrafo, buscaba el carro por toda la casa pensando que el panzón vestido de rojo tenía problemas visuales. Pero no, salían mis papás, los abogados de del panzón, a abogar por él diciendo: “no se pueden pedir regalos tan costosos mi chica, son muchos los niños a los que les toca darles. Pero espera hasta el 6 de enero, de pronto te lo traen los Reyes Magos”… ¡Yeah right!

Una vez, inundada de la emoción propia de una mañana navideña, muy temprano salí corriendo a ver mis regalos en el arbolito. Y ¡oh sorpresa! No encontré nada. Preocupada pensé en mis acciones pasadas y empecé a cuestionarme.

¿Será que mi mamá haría efectiva su frase favorita, esa de: “yo tengo el teléfono de Niño Dió, como te portes mal lo llamo pa’ que no te traiga nada? O ¿Me habrá traído un carbón el muy cabron?

-¡No, no pede ser!- grité.

Mis papas se levantaron (seguramente después de un parrandon decembrino) y me dijeron:

– Mi amorsito, no llores. Busca bien, de pronto Papá Noel te lo dejó en otro lado.

– ¡Wa, Wa, Wa!

– Ya mi flaca, deja de llorar, ves corre, busca.

Mientras mi mamá me consolaba, seguramente mi papá estaba sacando mi Nitendo del closet y poniéndolo en un lugar MUY ingenioso. Ese día Busqué por todos lados hasta que por fin lo encontré. Arriba de la tapa del INODORO estaban mis regalos. ¿Es eso lógico? No, no lo es. La explicación que me dio obviamente no fue muy convincente.

– Papi, ¿Pol te están mis legalos ahí?

– Ehhh, mi chica, eso a veces le pasa. De pronto fue que iba muy tarde y no pudo entrar por la puerta y le tocó por la ventana del baño.

Seguramente por dentro mi mamá decía: ay, ese Cesarito es la patada. Nada más se le ocurre a él poner eso ahí.

Miré la diminuta ventanita y me imagine al panzón entrando por esa rendija como sí fuera una gelatina y listo, la inocencia ganó y ese año mis padres no fueron descubiertos. Como una misma boba me fui saltando de la alegría a jugar con mis regalos y pasé por alto la nueva modalidad de arbolito navideño que se había diseñado mi Papá…Noel, un Inodoro.

En ese tiempo aprendí sobre la bondad de mi hermana. Ella, aunque sabía la verdad mucho antes que yo, nunca saboteo mi inocencia. Mis amigas me decían que quienes ponían los regalos eran los papás y yo desconcertada iba corriendo donde mi mamá a despejar la duda. Recuerdo una vez que la “preocupación” que traía en mi cabeza hizo que entrara de sopetón a la ducha, donde yacía mi madre dándose un suculento baño.

– Mami, mami, Perenceja y Sultanejo me dijeron que era una boba sí creía en El Niño Dios, que quienes ponen los regalos son los papas.

Ella, muy adiestrada en eso de los sentimientos de culpa acertadamente me respondió.

– Bueno, allá tú. Sí les quieres creer a ellos, hazlo, pero recuerda que Papa Noel no trae regalos a los niños que no creen en El Niño Dios.

Y así, por arte de magia, o de fe más bien, seguí creyendo en él. Hasta que años más tarde, me pillé uno de los regalos de mi hermanito. Es que esconder una bicicleta no es una tarea muy fácil que digamos.

La inocencia es algo hermoso, sí que lo es. Aún no me explico como yo seguía creyendo en El Niño Dios cuando todos los niños me decían que no existía. Firme, yo seguía creyendo sin importarme las dudas que otras personas me sembraran sobre él. Y hoy, cuando esa inocencia se ha esfumado un poco, y después de muchas luchas internas con mi razón sobre la existencia de la espiritualidad y del ser superior real, sigo creyendo. Aún hoy, sigo creyendo en él. Y lo acepto, Dios no existe, no existe para aquellos que no busca de él. Pero la misericordia de ese señor es tal, que hasta ama a los que no creen en él porque sabe que en algún momento volverán a su regazo.

En fin, la Navidad es hermosa. No importa el sentido comercial que le quiera dar el mundo, porque la espiritualidad de los creyentes está por encima de todo y de todos. Solo tenemos que recordar que esa fecha no se basa en San Nicolás o Papá Noél, no, esta fecha es un homenaje al nacimiento del niño Jesús, que es el mayor regalo que Dios le haya podido dar a la humanidad. Los invito a todos a cantar en familia el “ven, ven, ven a nuestras almas, Jesús ven, ven, ven”, porque es sanador y te llena de esperanza. ¡Que viva Jesús!

La noche buen te llena, te llena mucho, bastante, demasiado diría yo. Y no solo el alma sino la panza. La cantidad de comida que brindan ese día es tal, que no almorzamos para poder abrirle espacio a las suculencias navideñas. Es que así repitamos más de dos veces, el sobrante de comida del 24, sin mentirles, ha durado casi hasta el 31.
Es que no basta con una pequeña porción de pernil o de pavo, no, en navidad se sirve el pavo embutido de más pavo, el súper pernil, ensalada blanca por montón, veinte clases de arroz: arroz de coco, de almendras, de uvas pasas, postres al tutiplén y culminamos la maratón con botellas de vino que van y vienen. Con cinco kilos de más termina la gente del común, porque los cuerpos gloriosos como nosotros los flacos no sufrimos de eso. El arrepentimiento “comilistico” post navidad no nos afecta.

(Suspiro) Y ahora, hablemos del 26 de diciembre, el día en el que nací yo, nacieron todas las flores y en el cantaron los ruiseñores.

Recuerdo tanto el día de mi cumpleaños que…
– !Bullshit!

Repito, recuerdo tanto el día de mi cumpleaños que…

– !Bullshit!

Ok, está bien. Lo confieso. Ese día está tan cruzado en el calendario que un día, hace unos largos años lo olvidé por completo. Esa vez jugaba con mis nuevos regalos con una sonrisa en la cara, sonrisa que se me esfumó cuando a las 10 am sonó el teléfono y yo contesté. Era mi tío Rodri, que me saludó con su típico golpiao’ costeño y sus particulares frases de cariño.

– Ajá cara e’ joyo… Felicitaciones, que cumplas sopotocientos más.

– ¡Tioooooooo, no puede ser.

– ¿Que, que?

– ¡Que yo cumplo hoyyyy!- grité asombrada y dejé el teléfono descolgado al tiempo que corría y lloraba por toda la casa.

– Los odio- les dije a mis papas y a mis hermanos.

-¿Qué pasó?- me preguntaron asustados.

– Hoy cumplo años y no me habían felicitado. Esto es el colmooo. ¡ME VOY DE LA CASA, aquí nadie me… me.. qui… qui.. EREEE!- dije llorando a moco tendido.

– Ahora nos vas a echar la culpa a nosotros, si tu tampoco te acordabas- me respondieron riendo.

Me limpie las lágrimas, me llené de orgullo, agarré una ropita y me fui de la casa… A la de mi abuela. Jajaja, ahorita duré un buen rato riendo al acordarme de esa escena. Es que imagínense, en esa época no existía Facebook. No entiendo como las amistades sobrevivían.

Y culmino con el 31. El último día del año. Es que definitivamente diciembre no se podía ir sin una despedida de proporciones gigantescas. “Las campanas de la iglesia están sonando, anunciando que el año viejo se va… Faltan 5 pa’ las doce, el año va a terminar, voy corriendo pa’ mi casa a abrazar a mi mamá”… Retumba en los oídos de los colombianos desde muy temprano. La gente se pone su mejor pinta, se comen las uvas, sacan maletas, se quema el muñeco, se ponen ropa interior amarilla, bailan hasta el cansancio y “Se oyen pitos, trompetas, panderetas, qué carajo”.

Y luego después de todo lo vivido, bailado, llorado y comido, uno llega al primero de enero con más fuerzas, con más kilos, con más deudas pero con más ánimo y con la certeza de que el año nuevo será mejor. Que las heridas del pasado cerrarán, las puertas de un futuro prospero se abrirán y que de la mano de Dios caminaremos por la senda correcta, porque al que camina con el León de Israel no se le acercan ni los gatos con botas.

Feliz Navidad y un Próspero año 2014, les desea, Carolina Padilla.

Ah, y aquí les dejo la canción, para que bailen un poquito. http://www.youtube.com/watch?v=rjbZn8FavHw

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