Soltera

Así nací. Así como nacemos todas la mujeres occidentales. El primer hombre que me nalgueó fue un tal Jaime Trucco, que creo ha nalgueado a la mayoría de cartageneras. Por eso si algún día me lo encuentro por ahí, caminando descuidado, no les extrañe que me desquite. Eso de nacer soltera es un privilegio que las mujeres de esos países de Oriente, de esos terminados en “Tan”, no tienen. Allá mientras la bebé aun está nadando en el líquido amniótico ya le tienen escogido el marido. Marido que desde temprano puede celar a su futura esposa.

– ¡Oiga! ¿Usted que hace tocándole las nalgas a mi mujer?

– Niño, yo soy el pediatra.

– No me importa, deje de manoseármela.

– Pero…

– Pero nada, yo no estoy pintado en la pared, atrevido. Venga que yo le cambio el pañal.

Los hombres de por allá, no son como los de por acá. Mientras que a los orientales les tiene esposa, o esposas desde antes de aprender a levantar la tapa del inodoro, los occidentales no piensan en eso de casarse sino como a los treinta y pico, y eso, obligados. En cambio a la mujeres, sean de allá, de acá, o de más allá, siempre nos inculcan que llegamos a este mundo con la única meta de conseguir marido. Sea cómo sea. Y entre más rápido mejor. Imagínense que según mi abuela que se casó a los 18, yo estoy “quedá”; “ya te está pitando el tren mijita”, “ya tu estás en edad casadera” . A ella le encantaría ponerme un cartel en la frente que diga: “Soltera disponible y en buenas condiciones”.

Es que los hombres de acá no están desesperados por casarse porque desde cuando medían medio metro solo jugaban con carritos y muñequitos de solo hombre, porque yo nunca he visto que a un niño le compren un Iron Man, y venga adicional, la novia, es decir una Iron Woman. No. Con ellos eso no se usa. El acompañante de los juguetes masculinos es el monstruo verde y grande con el que va a pelear el súper héroe. En cambio, una Barbie sin Ken, no es Barbie.

Todos los juguetes para las mujeres son diseñados específicamente para lavarnos el cerebro. Fisher Price le pone este mensaje subliminal a cada juguete para prepararnos para ser amas de casa. En mi inocente niñez yo tuve: cocina, lavaplatos, aspiradora, escoba, trapero, licuadora, plancha, nevera, lavadora, limpia vidrios, creo que hasta desinfectates y todas esas herramientas que utiliza una ama de casa.

– Juanchita, ven, te invito a mi casa a tomarnos el té en la nueva cocina que me trajo el niño Dios. – todas alguna vez dijimos.

Ah, pero eso sí, para que nuestra futura realidad no se viera tan cruel, todos los juguetes, o mejor dicho, las herramientas de aseo, los hacían rosados y en miniatura para hacerlos ver tiernos. Pero la lavada de cerebro no solamente era para enseñarnos a ser desde niñas unas amas de casa, no, todo los juguetes son específicamente diseñados para que aprendiéramos a manejar lo que en el futuro sería nuestro mayor reto…. La interacción con hombres.

– Jerónimo, esposo mío, te extrañé tanto amor. – dice la Barbie.

– Carlota, princesa mía, prometo no alejarme nunca más, lo juro. En la distancia comprendí que no puedo vivir sin ti. – dice el Ken. Mientras se acerca dando brinquitos, con los brazos estirados sin opción de cerrarlos y le da un beso. Corrijo, eso era más bien un cabezazo.

Mis Barbies tenían muchísimas propiedades: Casa en la playa, edificio, caballos, camioneta, convertible y el closet lleno de ropa. Pero todo era de la Barbie, el Ken era un mantenido, un monicongo que vivía en un mundo donde hasta el inodoro era rosado. Yo jugaba con mi hermana, entonces después de que hacíamos la introducción del saludo de los muñecos, los metíamos en el ascensor que tenía el edificio. Vero se ponía al lado y halaba la cuerda para que el ascensor subiera, mientras yo juntaba a los muñecos para que se siguieran besando, y cuando legaban al último piso los acostábamos en la cama… Y ya, no éramos niñas pervertidas ni nada de eso para ponerlos a consumar el acto. Éramos inocentes.

Por culpa de Barbie, todas las mujeres crecemos viendo a un solo hombre, rodeado de veinte o más mujeres hermosas. Porque no recuerdo haber visto una muñeca gorda ni mal vestida, todas eran perfectas. Crecimos también con un concepto errado de los los órganos genitales. La primera vez que desvestimos al Ken, mi hermana y yo estábamos a la expectativa, queríamos saber si su cosa era diferente a la de nosotras, pero nos decepcionábamos al ver que el Ken, aunque tuviera músculos y el pelo corto, allá abajo era una Barbie más, ya que Jack Ryan, su creador, los hizo sin órgano reproductor masculino. Antes no entendía el porqué, pero ahora de grande lo entiendo. Es que a esa edad sería muy prematuro antojar a las niñas con semejantes cosas.

Mi primera experiencia con niños no fue fácil. Yo era flaquita, y cuando tenía como 8 años y me invitaban a las fiestas de los más grandes, si no fuera por la astucia de mi madre, que mandaba a mi primo a que me sacara a bailar, seguramente hubiera comido bastante “pavo”. Esa expresión se utiliza en la jerga costeña para decir que calenté silla, o que no desgasté suela en toda la fiesta.

– Mami, ya, vete. Deja decirle a David que me saque a bailar, me estás haciendo pasar pena. – le decía.

Un día llegue a mi casa y me desahogue con mi tía Nury.

– Tía, el Niño que me gusta no me saca a bailar- le dije llorando a moco tendido.

– Tranquila Caro, así me pasaba a mí. Pero deja, cuando estés más grandecita te harán fila. Ve lo que te digo- me respondió.

Y como una especie de Nostradamus, la profecía se le cumplió. Sin mentirles, años después en una fiesta habían tres niños haciendo fila para bailar conmigo. Ese día el ego se me subió a las nubes y tuve una lección de vida, porque comprendí que para gustos, los colores. Que el niño que a mí me gustaba prefería las niñas grandes y voluptuosas, y que al contrario, yo era el prototipo de niña ideal para los tres niños que me hacían fila, y bueno porque como que les gustaba como bailaba. Hoy en día sigo siendo flaca, con la única diferencia de que las: mil Pony Maltas que me daban, las pastillas para las lombrices, la emulsión de Scott, el Milo, las avenas y hasta guayacolato de yo no sé qué fruta, me hicieron efecto y me salió carnecita de donde agarrar.

Mi primer noviecito fue a los trece años y lo conocí de una forma extraña. Estaba con mi primo en el último piso del edificio y se nos ocurrió la gran idea de coger una bolsa, llenarla de agua y tirarla al precipicio desde la azotea del apartamento. En una de esas, la brisa cambió el rumbo de la bolsa, y esta cayó encima del tejado del parqueadero, y así, cómo por obra y gracia del destino, la bolsa partió el tejado y este partió el panorámico de la camioneta del que sería mi futuro suegro. Mi primo y yo, asustados por el desastre nos escondimos de inmediato, pero ya era tarde, el sapo del piso de abajo nos había visto. Sapo que también se convertiría en el primer novio de mi mejor amiga de esa época, y que por ser moreno y estar rodeado de niños crueles, le decíamos: “bola 8”.

Francisco, mi primer novio, el que me daría el primer besito, me acusó con su papá, y al mío le tocó desembolsar el costo de aquella travesura. Desde ese día cada vez que yo veía a Francisco jugando con su patineta en el parque le metía el pie para que se cayera. Y así, en ese tira y hale nos enamoramos. Pasmos del odio al “amor”. Nuestros planes eran ir al Súper Ley a jugar en GameMania, comer helado y darnos besitos. Mi primer beso fue un pico con los ojos cerrados, los labios apretados y alargados buscando los de él, cero sexy. Él apenas me lo dio, se apartó y rió al verme con la trompa estirada y aun con los ojos cerrados. Me sentí tonta, muy tonta. Después, en nuestros besuqueáderos predilectos, el ascensor o las escaleras, perfeccionamos la técnica. Él tuvo la grandiosa idea de decirle a sus amigos disque yo besaba rico, y que creen, después de que corté con él, sus amigos hacían fila. Nuestro idilio de amor juvenil se acabó cuando un día, después de unos meses de noviazgo lo llamé por teléfono y le dije la macabra frase: “Francisco, tenemos que hablar”. Enseguida subió.

– Mira, mi mamá dice que aun estoy muy niña para tener novio. Por eso es mejor que terminemos. – le dije.

– Está bien. Te corto. – me dijo.

– Oye, ¿como así? yo soy la que te acabo de cortar.- le reclamé.

– No, desde que me llamaste yo también venía con las mismas intenciones. – me dijo el muy inmaduro.

– Eres un bobo. No voy a pelear contigo, dejémoslo en que fue una cortada mutua. – le dije.

– No, yo dije: “te corto” primero. – continuó.

– ¡Qué estúpido, fui yo! – grité
– No, yo.
– No, yo.
– No, yo.

zZzZzzzz….

Esa fue mi primera cortada y discusión, y al primer hombre con el que me tocó lidear . Mis novios no han sido muchos, pero enamorados, la lista es larga, bien larga. Creo que he bateado más que Edgar Rentería.

Batear: dícese de decirle: “no estoy preparada para una relación” y ese tipo de excusas disimuladas que se le dicen a un hombre enamorado para que no se ilusiones con una futura relación sentimental.

Es que yo no soy de esas que por decir: “tengo novio”, andan abriéndole las p… uertas de su corazón a todos los que la tocan. No, si no me gusta, yo prefiero dejarlos afuera de la puerta a que solitos se cansen de tocar. Eso es mucho mejor que dejarlos entrar y después, enamorados hasta los huesos, le toque a uno sacarlos a empujones y hasta con gas lacrimógeno. Yo me evito esas cosas porque no me gustaría que me lo hicieran a mí.

-¿Carolina le dijiste que no a ese man? ¿Qué te pasa? si ese es el hombre perfecto.- Me han dicho varias amigas al verme batear a los hombres que para ellas, podrían ser unos príncipes.

La verdad es que sí, varios de esas pelotas de béisbol han sido hombres geniales, de los que si yo no tuviera el cuento ese de la: química a primera vista”, y me hubiera dejado enamorar, ya estuviera casada y con una camada de hijos atrás. Hace poco dejé de ser tan exigente e intenté abrirle la puerta a uno de esos supuestos “príncipes azules”, pero enseguida vi una serie de avisos y desistí de la operación. Eso fue todo un fiasco. De verdad hubiera sido más fácil para mí sacar sacar a un hipopótamo de una piscina que terminar la fugaz relación con ese tipo. A ese para terminarlo le escribí una carta de despedida muy delicada, para no herir sus sentimientos: “no eres tú, soy yo” y esas cursilerías. Pero eso fue peor, el hombre no entendió. “Entre más te leo, más me gustas. Te amo, verdaderamente te amo.” Me respondió.

Ya impaciente por los mil correos que me enviaba, invitaciones a Roma, y postres que mi hermano y mi papá aprovechaban muy bien pues me decían: “no te los comas tú, ven que pueden tener burundanga”. Le escribí una carta magistral, una carta que debería estar en alguna estatua que diga: “la escribió una cabrona”. No les miento, mis amigas la tienen, una de ellas creo que la enmarcó. Y lo peor de todo es que después de leerla el hombre seguía ahí… Y todavía sigue ahí, fijo me está leyendo en estos momentos y se está riendo. Hola.

¿Llorar por un hombre? El océano Atlántico y Antártico tiene mis lágrimas. Y el Pacífico, tiene las que algún día un hombre lloró por mí. La primera vez que sentí dolor en el corazón y empecé a llorar con un nudo en la garganta, me miré al espejo y empecé una mezcla entre llanto y risa. Risa porque a pesar del sufrimiento estaba feliz por sentirlo. Miré al cielo y le di gracias a Dios por estar sintiendo aquel dolor. La verdad me encantó, nunca antes lo había sentido. Ese dolor me hizo sentir viva, frágil, humana… mujer.

También he escrito cartas hermosas. Brutales. Que merecen ser enmarcadas, al lado de la estatua de la cabrona, en otra que diga: Cursi romántica. Yo he tenido el privilegio de estar con hombres excelentes, tener enamorados de esos príncipes que todas las mujeres soñamos. Me han pedido matrimonio, me han dicho que quieren un hijo mío, una hija, un perro, un gato, que me darían mil caballos, casas campestres, yates, veleros, un Jeep Wrangler, la luna, las estrellas, y hasta el hueco de la capa de Ozono. Pero por cosas de la vida, aquí sigo soltera por decisión no por falta de opción. Y ajá, aquí sigo esperando al que es. Pero algo si que he aprendido de la espera, es no idealizar al que espero.

Espero a ese con el que descubriré que todos los sentimientos que viví en el pasado son un juego de niños en comparación con la bomba de sensaciones que sentiré con él. Espero a ese que cuando yo pelee y hable de más, él me calle a besos y nada más. Espero a uno que no se crea perfecto, y que también me haga entender a mí, que yo tampoco lo soy. Espero a ese que infle mi orgullo y me haga sentirme una muje afortunada cuando camine a su lado. Espero a uno que cuando se equivoque, me mire a los ojos y pida mi ayuda. Espero a un hombre que me admire y que yo admire de vuelta. Uno que me conozca sin máscaras y que se enamore de lo que descubra. Uno que tenga un cerebro repleto de neuronas y que al hablar conmigo, me regale algunas para completar las mías. Un hombre al que en las mañanas, cuando se levante a mi lado, me motive a abrir los ojos para contemplarlo enamorada. Uno que si llegase conmigo a viejo, que lo vean con un tinte pintándome las canas. Y uno que si nos alejamos, al pensarnos mutuamente sonriamos.

Yo estoy soltera porque lo estoy esperando a él. A ese, a ese hombre que no será perfecto, simplemente que estará hecho a mi medida. A ese que tendrá el privilegio de ser la fuente de inspiración de mis más hermosos poemas. A ese que me sacará una sonrisa tonta con solo mandarme un mensaje. A ese que me hará sentir mariposas en el estómago con solo mirarlo, así a mi alrededor esté Brad Pitt en persona. A ese que le cantaré mil canciones al oído y que me hará sentir una sensación extra terrenal con solo bailar con él en la pista… y en la cama. A ese que me ame sin cansancio y soporte mis berrinches típico de la mayoría de mujeres enamoradas.

Ser soltera no es fácil, al contrario, es de los estados sentimentales más difíciles. Para estar soltera hay que tener claro que es mejor estar sola que mal acompañada. Para ser soltera hay que tener la autoestima alta, quererse a uno mismo y proyectarlo como los rayos del sol para que los demás lo noten. Para ser soltera toca ser independiente emocionalmente y tener los pantalones bien puestos para decir muchos: NO. Para estar soltera es necesario tener muchas amigas con las mismas cualidades, unas berracas, independientes, hermosas, inteligentes y cabronas. Mujeres de esas que ya han amado y sufrido el desamor. Mujeres maduras que saben lo que quieren y lo que merecen. De esas que han cocido su corazón roto en el pasado y lo están preparando para un verdadero amor. De esas que han aprendido que un corazón con cicatrices puede amar más intensamente y con menos prejuicios.

Ahora pueden venir varios príncipes vestidos de morado en vez de azul, por eso me podrán ver en fotos agarrada de mano con alguno de esos. Pero prometo que la próxima vez que cambie mi estatus de Facebook, será por que llegó el que es y dirá: Married with

Ser soltera no es fácil. Una de las cosas más difíciles de ser soltera es que no hay NinfoDomingo.

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11 thoughts on “Soltera

  1. jajajajajajaja, no se quien es ese que te prometio los mil caballos… pero segun tengo entendido el man sigue firme en la vuelta.

  2. SUPER!!! Y no le pares bolas a tu abuela, que el tren esta que te deja, nada de eso!!!… Mujer salsosa no tiene vencimiento!!! Otra predicción de tu tía Nostradamus jajajajaja

  3. Caro este me encantó, ya no soy soltera pero sí sé que es difícil pero también se pasa buenooo, gózatelo mientras!

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