Huele a pollo

Cuando estaba a punto de abrir la puerta de mi casa escuché un grito.
-¡Ay Dios mío! ¿Qué es esto?
De inmediato reconocí la voz de mi mamá. Abrí rápidamente la puerta y corriendo me fui al lugar donde provenía el bullicio. Mientras caminaba me dejé llevar por la emoción y también empecé a gritar:
– ¿Mami ya? ¡Ay que susto!

Hace dos meses estaba esperando con ansias aquel momento, lo esperé desde el instante en el que vi a mi perrita teniendo relaciones sexuales con su amante bandido, Rocky Valderrama, que haciéndole honor a su apellido hizo una goleada 10.

Los gritos venían de mi cuarto. Apenas entré, me di cuenta de que mi mamá no solamente gritaba porque la perra estuviera pariendo, no, ella gritaba porque la perra estaba pariendo acostada en mi cama. Lo primero que dijo fue:
-¡Ay Antonia! ¿Cómo haces eso? Ya dañaste el sobrecama.

Estos párrafos fueron una cuña. Es para decirles que mi nueva profesión es ser partera, y de las buenas. Todo salió a la perfección y el partido terminó 3-0 sin ningún contratiempo. ¡Ah! y están a la venta unos hermosos Schnauzers miniaturas, hijos de una mamasota y un papasote. Es que a mi perra yo le enseñe que para no arrepentirse de los amores del pasado hay que ser selectiva. Si la idea es escoger un perro para enamorarse, pues que sea bueno y de raza, no un Shandy Retriever.

Horas después de que Antonia amamantara a sus cachorros y que ellos se quedaran dormidos, la saqué a pasear al parque. Allí habían dos jóvenes sentados en una Harley, fumando marihuana. Ellos están esperando que Elsa Noguera se la fume verde al igual que Gustavo Petro, y que aquí en Barranquilla también se haga un “Centro de Consumo Narcótico Controlado”.

Los jóvenes de ojos rojos para hacerme conversación me preguntaron que si mi perra estaba preñada, yo un poco incomoda respondí que no, que acababa de parir. Mientras halaba a Antonia para devolvernos, a mis espaldas escuche que uno de ellos me dijo:
– Hey no te vayas, ¿Cómo te llamas? – y para no pasar por grosera y que de pronto me hicieran algo por ser tan cabrona, les respondí: Andrea. Ese nombre siempre ha sido mi alter-ego. ¡Oh! Sorpresa cuando escuché una risita burlona acompañada de un:
– Buena esa Caro Padi. Sabes algo, me encantas y me encanta como escribes.

Sorprendida volteé y detallé al personaje, su cara se me hizo conocida pero no logré reconocerlo.
-¿Cómo así? ¿De dónde me conoces? – le pregunté.
– Te he visto en varias fiestas, tenemos algunos amigos en común y uno de ellos me sugirió que visitara tu blog. Y literalmente duré toda una tarde “muerto de la risa” leyendo todos tus artículos.
– Hey sabes, me estoy asustando, estó está bien raro, entenderán que me quiero ir, así que bye.
– Tranquila te entiendo, cuídate y no dejes de escribir.
– Vale, lo prometo. Bacano que lo leas.
– Apuesto que vas a escribir sobre esto.
– La verdad es que sí, me acabas de dar el impulso que necesitaba para escribir una historia que hace rato tenía en mi mente – le respondí y me fui.

Antonia entró con desesperación para olfatear a sus hijos recién nacidos, mientras yo cerraba todas las ventanas por mi ataque de paranoia.
– ¡Ajá! y a ti ¿qué te pasa? – preguntó mi mamá
– Nada, Nada- mentí, no quería preocuparla.
Pero cuando le vi la cara me entró un ataque descontrolado de risa, ataque que se acabo de repetir ahora al recordar la anécdota que contaré a continuación.

Mi mamá es la mujer más inocente del mundo, ella es muy feliz siendo la administradora del hogar Padilla López. A sus veintidós años se casó con un excepcional hombre y tiempo después nacieron sus tres cachorros pelirrojos. Duró “tres años de amores” con mi papá y la primera vez que fue a una discoteca fue después de casada. Esta mujer es la antítesis mía, más bien se parece a mi hermana, pues cuando se trata de “mamar gallo” ella sólo aporta su hermosa sonrisa, bueno, en eso sí nos parecemos.

En fin, un día estábamos bailando al son de la papayera en un kiosko en San Estanislao de Kotska. y mi mamá cansada se salió del recinto para sentarse un rato. Rato que se volvió eterno, ahora se darán cuenta del por qué. Tengo que aclarar que ella no toma, solamente acepta un vaso de Baileys, vaso que basta para mandarla a dormir. Y ese día mi papá se lo acababa de preparar. A causa de las cabalgatas y fiestas de toros, en la época de julio va mucha gente, por eso afuera del kiosko estaban los amigos gringos de unos primos que vinieron a parrandear y mi mamá por ser cordial con el forastero, se sentó al lado de ellos.

– Mami ya deja de reírte, ¡ay Dios mío, no puedo creer esto! ¿Cuéntanos que fue lo que pasó?- le decía sin poder disimular mi cara de burla.

– Ana Milena, cómo no te vas a dar cuenta de lo que estaban haciendo esos gringos, que locura esto, ¿estás bien? – le decía mi papá con cara de preocupación.

– ¡Ay Cesar me siento mal! estoy mareada. Todo me da vueltas. Tengo sed – decía mi pobre madre mientras volvía a darle un ataque de risa.

– ¡Bueno ya! Vamos a bañarla para que se le pase el malestar, ya deja la maricada, verdaderamente que vergüenza, después de vieja y yo en estas contigo Ana Milena, primera vez en la vida – le decía mi abuela sin salir del asombro.

Toda la familia reunida en el cuarto no podía disimular la sonrisa de la cara al escuchar el relato de mi querida madre, es que más que burla, la anécdota que nos contó era imborrable, memorable, magistral. Y ahora agradezco a esos chicos que estaban en el parque pues me hicieron revivirlo.

– Yo estaba cansada de tanto bailar, me dolían los pies. Los tacones me estaban matando, así que me salí del kiosko y me senté en las mecedoras que están afuera. Ahí estaban sentados los dos gringos que trajeron los Camacho. Cruzaron tres palabras conmigo y de pronto sacaron un cigarrillo raro. Ajá, yo dije que nunca los había visto (jamás en su vida ha visto un porro, ni cualquier otro alucinógeno), pero pensé que eran unos cigarrillos gringos. Mientras ellos fumaban, yo me tomaba mi Baileys, pero sentía un olor raro, y dije: oigan eso HUELE A POLLO. Al rato me empecé a marear, dejé de tomar y cuando me fui a levantar me caí de nuevo en la mecedora Fue ahí cuando llegó el primo Camacho, regañó a sus amigos, me levantó y me dijo: “Ana, te están trabando. No ves que eso es un porro de marihuana”.

Creemos que el Baileys y el humo de la maria-juana hicieron un efecto “risistico” en mi mamá, efecto del que se contagió toda la familia. Mi mamá está enterada que publicaré su historia en mi blog, ella sabe que esto lo hago con la única intención de abrirle los ojos a los hijos, por un bien nacional y para que no existan futuros traumas. Cuiden a su mamá, no sea que un día la vean abrazada de un lado por un primo, y del otro por su papá diciéndoles entre risas: “anda Caro, disque me trabaron”.

Amo a mi familia, y si me preguntaran si quisiera volver a nacer ahí, diría mil veces que sí.

Pd: Puede que esta historia les parezca inverosímil, es que ni yo puedo creer que a mí me pasen estas cosas tan raras. Menos mal que existen testigos que corroboren todas y cada una de mis historias.

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